Mundo del trabajo libre, febrero de 1997
Se la creía superada, relegada a los anales del movimiento
obrero de finales del siglo diecinueve, o mas cinicamente, "en
proceso de disminucion" en los países en vias de desarrollo.
Vuelve a pasos agigantados en los países del Norte y se
acentua en los países del Sur. Los relatos de la explotacion
que padecen trabajadores y trabajadoras ya no son meros documentos
de archivo. Sindicatos y ONG se movilizan.
Poco antes de Navidad, Denis Ting recibió en Hong Kong un premio por su contribución al desarrollo de la industria del juguete. Un tributo que refleja el estado de ánimo de los fabricantes. En 1989, Denis Ting era director de la sociedad Kader y en su fábrica de Bangkok perecieron 189 trabajadores y trabajadoras en un incendio, debido en gran parte a la vetusteza de las instalaciones y a que las salidas de seguridad se hallaban cerradas. Para la Asociación de Productores de Juguetes de Hong Kong lo esencial fue que Ting había incrementado el volumen de negocios y acrecentado la importancia del territorio como centro mundial de exportación del juguete para el que Kader Bangkok era subcontratista. Salarios de hambre, condiciones de trabajo deplorables y represión antisindical no son, pese a todo, las características menos importantes de una industria floreciente.
Como señalaba recientemente Neil Kearney, Secretario General de la Federación Internacional de Trabajadores del Textil, Vestido y Cuero, la FITTVC, la combinación de una globalización carente de protección social, la sed de ganancias de los fabricantes y los detallistas y la inercia de los gobiernos han provocado una recrudescencia sin precedentes y la proliferación de sweatshops, esos talleres en donde los trabajadores se desloman en condiciones próximas a la esclavitud.
Ya que, conjuntamente con la del juguete, la industria del textil y el cuero tienen el triste privilegio de compaginar la globalización con la explotación. Según el Sr. Kearney, la mayor parte de los 30 millones de puestos de trabajo en la industria del vestido están mal pagados, son precarios y se priva a la mayoría de los trabajadores (a menudo trabajadoras) de derechos sindicales. "Los salarios suelen estar por debajo del nivel de subsistencia y continúan descendiendo en términos reales. Las horas extraordinanas se imponen cada vez más como obligatorias y tienen una remuneración cada vez menor. Millones de niños trabajan y la dirección de las empresas hacen reinar el terror", resume Neil Kearney.
¿Un ejemplo? En El Salvador, durante los últimos diez años, se crearon 50.000 puestos de trabajo nuevos en el sector de la confección y las exportaciones han dado un salto del 4 000 por ciento. Sin embargo, los salarios han disminuido a la mitad y las trabajadoras se encuentran hoy en condiciones peores a las de antes de la industrialización. Ni siquiera pueden comprar los vestidos que producen. La mayoría de los 120.000 trabajadores del vestido en Sri Lanka deben vivir como animales en barracas improvisadas que alojan hasta 60 trabajadores sin instalaciones sanitarias. Los salanos son tan bajos que la mayoría de entre ellos sufre de malnutrición. En Lesotho los trabajadores del textil a menudo son encerrados en sus fábricas y no pueden abandonarlas antes de cumplir con su cuota de producción Una cuota a menudo arbitraria y que les lleva a prestar hasta 18 horas diarias. "Estas escenas no son producto de una imaginación desbordante. Son la realidad en las fábricas textiles del mundo entero", observa Neil Kearney. "Y no solamente en el Tercer Mundo". El descubrimiento de talleres clandestinos en Nueva York, Los Angeles, París, Bruselas y Londres confirman sus palabras. A tal grado, que una reunión tripartita de la Organización Internacional del Trabajo trató recientemente el problema de los talleres donde se explota a los trabajadores. La reunión, dedicada a los efectos de la globalización de las industrias del textil, el vestido y el calzado, expresó su preocupación ante la multiplicación de estos talleres y la recrudescencia de las enfermedades profesionales en este sector.
Y si acaso no bastara la advertencia de la OIT, hay otros dos elementos que deberían hacer reflexionar a las empresas. Ante todo, tal como lo explica Neil Kearney, "los trabajadores están hasta la coronilla". "Cada vez son más numerosos los que protestan y cada vez se organizan más huelgas".
Por lo demás, los consumidores se inquietan hoy de las condiciones en las que se fabrican los productos que compran. Un reciente estudio realizado en los Estados Unidos indica que el 84 por ciento de los consumidores estaría dispuestos a pagar un precio más caro por sus productos si tuvieran la garantía de que se fabrican en buenas condiciones.